El tiempo de sueño de esta madrugada fue muy largo. Varios fueron los eventos que iban aconteciendo uno tras otro.
Los dos finales que recuerdo son uno en el que me encontraba obsesionado con una máquina de chicles: era pequeña y al jalar la palanca arrojaba uno de los chicles que se podían ver por su vitrina. Yo la destapé y vi los chicles, los manoseé, luego los volvía a meter.
La segunda fue de camino a casa, iba por la papelería Iris y vi a dos sujetos charlando seriamente, y a juzgar por el ángulo inferior desde el que observaba era como si tuviese ocho años. Uno era un detective norteamericano y el otro era un joven con aspecto de delincuente. El detective, vestido en traje y cabello corto, preguntaba al joven de unos 21 años sobre algo importante. Luego entraron en una discusión porque el joven se resistía a dar cierta información:
-¡Mira la marca, mírala! -le mostraba al detective el brazo, a la altura de la muñeca, para que pudiera ver la marca de algún régimen sudamericano, sea de la Mara Salvatrucha o algún régimen de algún cártel o guerrilla.
-¡Mira esta! -respondió el detective mostrándole la misma parte; lo que no conocí fue si le mostró él algún distintivo de alguna banda a la que hubiera pertenecido de joven o se colocó ahí su placa del ¿FBI?
Pero lo que se traían entre manos era "mira este tatuaje, es un juramento, no te voy a decir nada y guárdame respeto" y "mira mi placa (del FBI o cualquier otra policíaca)".
El joven prefirió alejarse y me daba cuenta de que su obstinación lo hacía quedar como idiota ya que era un caso que venía persiguiéndose desde Estados Unidos. Cuando el joven se fue alejando en dirección a la salida de la colonia, el ojo avizor del detective divisó una pequeña cara negra que se asomaba hasta el otro extremo de la manzana: al final de la calle 7 donde dobla y se hace calle 6. El asesino, un hombre de raza negra, había visto al joven y pretendía acabar de una vez por todas con toda obstrucción a los planes de su grupo.
El policía comenzó a gritar un nombre y a correr rápidamente en dirección a donde iba el joven, tirando balazos a donde aquel rostro asesino se asomaba. El joven se dio cuenta y comenzó a correr en dirección contraria a todo lo largo de la calle 6. Yo tomé acción y comencé a correr en su dirección vigilando que no le pasara nada; volteaba cada rato hacia atrás para ver si el asesino lo venía persiguiendo.
No creo que este asesino fuera El Ente puesto que nunca fui yo el perseguido. Al voltear no vi al detective ni al asesino; asumí que el detective se estaba encargando, aunque también pude darme cuenta de que aquella mirada con odio aún vigilaba los pasos de aquel joven.
Él corría a toda velocidad hacia mi calle, una distancia grande y yo me moví hacia otras calles buscando a esa muerte.
Es como si hubieran transcurrido algunas horas, había ocaso y unas carreras de bicicletas en la calle 7, cuando yo pasé junto a los chicos que iban a competir, los cuáles eran muchachos de la calle sin uniforme ni entrenamiento, ellos arrancaron. Yo aún seguía desesperado siguiendo mi propia carrera y al ver lo lentos que iban endurecí los músculos de mis piernas, hice la mímica de una bicicleta y corrí hasta rebasarlos. Llegando a la esquina, donde está la iglesia, doblé hacia el único lugar donde se puede doblar: la calle de la derecha que estaba ligeramente empinada: la 8. Seguí trotando y me detuve en una casa que queda 4 o 5 casas distanciada de la mía. Entré.
En el interior encontré una sala modesta con una mesita de centro cuadrada. Estaba mi madre platicando con una señora, era algo de edad de aspecto igual al de cualquier otra ama de casa mayor; sus conversaciones eran de lo mismo.
Los sueños son muy raros, eso ya lo saben.
La señora estaba sentada frente a la puerta y a cada momento de la conversación asomaba rápidamente su cara por la cortina vigilando en 1 segundo cualquier cosa que ocurriera en el lado de la iglesia.
-¿Todavía sigue vigilando eso? -le dije con una sonrisa y un tono incrédulo. Ya había pasado tiempo y yo no podía creer que aún le preocuparan aquellos hechos, pero entre su conversación con mi madre y sus sonrisas pude ver que ahora vivía una realidad del miedo.
De pronto cuando ellas se acercaron a la mesa para ver algo juntas un señor entró y al cruzar la puerta pude ver esa inconfundible mirada de inconsciencia, maldad y resentimiento. No era el mismo de antes, ahora le pesaba más la edad que la barriga, estaba sin afeitar, si piel no era tan oscura como antes pero aún lucía antihigiénica como su ahora largo cabello. Vestía una camisa blanca sin mangas que hacía notar más su barriga y una botella de vidrio negra pero vacía.
La señora corrió aterrada a la parte de arriba en su afán de huir, pero cuando iba subiendo de las escaleras pude oír el sonido de una caída arriba, una caída como quien entra bruscamente por la ventana abierta.
El tipo oscuro en ningún momento nos volteó a ver ni se inmutó. Azotó su botella al suelo rompiéndola, en tanto que a la parte de arriba se oyó un grito de la señora, repentino, rápido, seco y lleno de dolor y angustia:
-¡¡..AH!!
Después se escucharía su cuerpo caer (o estrellarse) en la habitación, produciendo el mismo sonido que un bulto o un costal que se arroja después de una larga carga.
El asesino de la sala se fue sin hacernos nada, dando por terminado su acometido; poco después tuve una visión rápida del momento desde afuera de la casa: se podía ver a otro tipo igual de sucio y ruin saliendo de la habitación de arriba por la ventana: apoyó su mano al exterior, puso su pié en un apoyo de la casa de al lado y se cruzó al otro techo, moviéndose y perdiéndose de mi vista, mientras el otro salía por la puerta con paso rápido y se iba. En la ventana lucía un rostro estrellado y aplastado contra el cristal, la cara había sufrido una metamorfosis pero su expresión pasmada y angustiada permanecía allí.
Volví a la realidad en la sala y estaba con mi madre, no nos atrevimos a ir arriba aún después de estar solos. No sabíamos si llamar a la policía o a alguien. Esa gente estaba acostumbrada a matar y en cualquiera de los pocos movimientos que haya hecho el sujeto de la sala pudo haber colocado algún micrófono o una cámara, o el de arriba alterado los cables del teléfono.
En un momento estábamos los 3 platicando y en cuestión de unos segundos nos encontrábamos solo 2 y era inquietante saber que había un cadáver arriba, tirado como un animal muerto que se desecha. Comencé a sentir coraje de que esto quedara impune, en México cuando ocurren cosas así llamar a la policía es inútil ya que si no están ellos metidos en esto respaldando a los asesinos, se muestran ineptos para investigar a fondo y capturar a los culpables. Una mujer que yo sé que nada ha hecho ahora tiene la vida terminada, nunca volverá a sonreír ni a platicar del tiempo, de las cosas, tampoco podrá ver la gente pasar, los días comenzar ni la tarde culminar en luna y estrellas.
Además de eso había pasado sus últimos tiempos en la angustia, insegura a cada paso que de, temiendo a cada segundo la llegada de su verdugo y su muerte, peor para mí en vida ser testigo de un temor que asola una vida y que para colmo llega a hacerse real. Apretaba los dientes y seguía asimilando el momento.
lunes 10 de noviembre de 2008
Una vida de impotencia
Etiquetas:
Inseguridad,
Miedo,
Muerte,
Sufrimiento
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