Pero... ¿quién es aquel ente que me persigue en la mayoría de todas mis pesadillas (si no es que faltóme distinguirlo en las restantes)? Aquel ser que está siempre asediándome en el enorme escenario en que me encuentre, y del cual tengo la habilidad de huir de él siempre, pero jamás esconderme, pues siempre sabe exactamente dónde estoy.
Anoche me encontraba llorando por amargos recuerdos del pasado, recordando mis errores y las felicidades que se esfumaron, al tiempo que, con una voz entrecortada y custodiada por mis lágrimas, me decía: "Nada es para siempre: estos malos momentos no durarán para siempre", y, después de una pausa: "Ni los buenos tampoco".
Y así, en medio de la oscuridad de mi casa, desde mi cama veía al cielo raso hasta que mis cavilaciones fueron interrumpidas momentáneamente: alguien se acercaba.
Dos personas llegaron a mi cama muy silenciosamente. Ambos vestidos de negro y con la piel totalmente blanca.
Uno era un siniestro ser vigoroso, de mirada penetrante y rostro firme. Con su sola mirada decíame: "¡Ven a mí! ¡Lucha contra mí! ¡Enfréntame con valentía y coraje, pues en mí te encuentras atrapado!" y retante se erguía.
El otro era un anciano de no muy baja estatura, calvo excepto en los contornos de su cabeza, donde cabellos aún más blancos colgaban. Su mirada era tranquila y sufriente; en sus ojos veía una petición 'por favor', casi un ruego, y con su mirada me decía apaciblemente: "Por favor, déjame ir ya, sólo quiero estar en paz, no me hagas más daño, ni te lo sigas haciendo, quiero estar libre, te lo suplico, te lo imploro".
Sólo uno de ellos podría ser el de la elección.
La pregunta es: ¿Cuál de ellos es mi pasado?
martes 26 de septiembre de 2006
Acertijo psicológico
domingo 24 de septiembre de 2006
Snuff: El racismo y los juguetes
Fue un sueño snuff: no había causas y consecuencias, sólo cosas que había que hacer, pero única y enteramente contra gente inocente.
Debía matar a una maestra y a la mayor cantidad posible de alumnos que estaban a días de terminar una carrera universitaria; todos los estudiantes eran negros, y todos y la maestra eran norteamericanos de alguna ciudad porteña en Estados Unidos.
Yo llevaba una ametralladora de 32 balas para el caso, aunque casi no pude exterminarlos, puesto que al verme, se activaban alarmas que habían en las paredes y venían varios negros enfurecidos; peligroso aún para mí, un sujeto con una ametralladora. Era de noche.
En el mismo hilo (ahora (y en adelante) de día), me soñé en un hospital incrustado en la escuela donde estudio, al lado de los baños de hombres. Me encontraba descansando en una camilla y oí que en el baño entraron dos estudiantes y se dirigieron hacia el último baño del fondo. Comenzaron risas entre ambos que poco a progresivamente se hicieron más frenéticas hasta que asimilé que estaban penetrándose mutuamente y por turnos.
El último, de tema similar se sucedía en mi casa. Por alguna razón llegaron a mi poder unos juguetes que vendían, los cuales eran un niño o una niña (dependiendo del sexo elegido) que de alguna manera estaban biológicamente suspendidos, es decir, sus cuerpos y ellos mismos, a nivel psicológico, se seguían desarrollando, pero su físico permanecía inerte, como si estuviera disecado.
Medían unos 50 cms. aproximadamente y estaban metidos en una bolsa sintética transparente. La bolsa de la niña (o mujer, si es que ya lo era) tenía un orificio en donde sobresalía su vagina, y el hombre lo mismo, pero con su ano.
Inexplicablemente (por el momento, supongo) ¡yo tenía uno de cada uno e iba a probarlos! Yo sabía que en el caso de la mujer sólo era cosa de penetrar, así que fui por el hombre y lo predispuse. Cuando mi voluntad mandó la orden de empezar, mi brazo derecho automáticamente comenzó a golpear al cadáver disecado en la cabeza, en la nuca y en los omóplatos con brutalidad (el muñeco estaba colocado boca abajo) a tal punto que aquel ser vivo disecado recobró movimiento y alzó y retorció a cada golpe su cabeza y las gesticulaciones de su cara, mostrando un dolor espantoso. Parecía una momia pero con más masa, y sus ojos eran totalmente blancos, y la lengua era seca. Yo veía el sufrimiento de aquel ser humano y sabía entonces las situaciones de los hombres que eran secuestrados, torturados, violados y muertos.
Con el paso de los golpes, que eran rápidos, constantes, secos, toscos y despiadados, los músculos del cuerpo de aquel juguete se iban malhiriendo y deformando, y sus huesos se rompían, al tiempo que su rostro era, por medio de deformaciones faciales, el cronista de su dolor.
Pronto aquel muñeco eran sólo piezas rotas de lo que antes sería: podía ver pedazos de mano, huesos salidos, carne fuera. Fui testigo del proceso de mutilación por el que pasó ese cuerpo.
Al romperse el cuerpo, chorreó de él un líquido como el vinagre, que pudo ser sangre putrefacta y contaminada. Se mezcló con las piezas del cadáver.
La bolsa estaba sellada, por lo que no se escapó olor alguno, Decidí tirarlo en el barranco que está del otro lado de mi casa, y, antes de arrojarlo, tomé la decisión de abrir la bolsa para que la naturaleza se encargara de hacer que se descomponga con más agilidad.
Abrí la bolsa por donde estaba la cabeza y rápidamente lo lancé tan lejos como pude y regresé a mi casa, después de ver cómo el espeso monte comenzaba a tragarse el objeto.
Al entrar, una energía anciana de cabello y barbas enteramente blancas, masculina, me dijo que no debí dejar abierto (libre) a algo como eso, pues no sabré qué será de él, o qué fuerzas lo podrían ayudar.
Me levanté con algo de temor y asco, pues aún sentía el despabilante olor del cadáver, que se había expandido a un radio algo notorio. Extrañamente tuve el temor de que algún perro, completamente blanco o negro, viniera trotando a mi cama y se echara en mi vientre.
Creí verlo.
Desperté y eran las 6:30, mi hermana no ha vuelto de Coatza y temo lo peor.
Las campanas anuncian la 1 hora.*
* "La primera hora" Lo tengo anotado como últimas palabras en mi libreta, pero no recuerdo lo que quise decir. Pensé en que podía ser la primera campanada para ir a misa, pero esas comienzan a las 7:30. Hoy se supone es domingo.
sábado 16 de septiembre de 2006
La Cima: el hombre que destruyó la gloria
Esta semana (al igual que las 2 anteriores) ha tenido su forma de hacerme sentir cansado. Dormí hoy aproximadamente doce horas y tuve varios sueños que no recuerdo bien y no son muy importantes.
Uno, que ya había olvidado y que accidentalmente acabo de recordar, consistía en mostrarme como el protagonista de un juego de acción en primera persona, como Medal of Honor: Allied Assault (MOHAA), aunque la estructura y las armas eran al estilo Return to Castle Wolfenstein.
Algún plan tenía toda esa gente y yo tenía que matarlos. No era muy difícil, tenía unas cuatro armas con algunas balas (tenía que ir recogiendo municiones en el camino de los que iba matando) pero bastaban, aun así tení sentía mucho miedo. En las casas había muchas puertas y me costaba trabajo recordar cuál era el camino.
Estaba muy cerca del verdadero enemigo a vencer y 3 de mis armas no rebasaban las 4 balas (la otra ni siquiera tenía).
Algo que sí me gustó era la similitud de mis armas y su acceso, parecido al MOHAA y al RtC Wolfenstein: en la parte de arriba de mis armas había una fila de botones titulados del 0 al 9 y otro con el símbolo de
. El 1 convertía el arma actual en una Luger o Colt45 o Hi-Standard Silenced [gun], dependiendo de mi voluntad o la situación. El 2 hacía lo mismo pero era un rifle MG1 Garand o un Springfield '03 Snipper. El 3 hacía una MP40 o una Thompson. El 4 era de un arma desconocida, como un Panzerschrek pequeñito pero que disparaba balas de MP40.
Cuando llegué con el blanco, una familia cuyo padre era el que dirigía a todos los soldados, no me reconocieron y en cambio me trataron como a un familiar suyo. Socialicé y obtuve su confianza y sus risas muy fácilmente. Eran tanto agradables como comunes y corrientes; y el padre era un bondadoso negro algo obeso.
Pero yo recordaba mi misión, y la cima que con esfuerzo y miedo conquisté. Saqué mi Luger cuando padre e hijo me daban la espalda y apunté cobardemente, con remordimiento, mano temblorosa y algunas lágrimas, en la nuca de aquel negro agradable. Me di cuenta de que mi pistola no tenía balas y la escondí.
Me adelanté unos pasos a ellos (3 metros serían), tomé valor y me volteé dirigiendo una mirada insólita al padre, saqué mi única arma con municiones, una metralleta rara, fusión de todas mis armas, con el número 3 del menú y sólo 4 balas disponibles.
Comencé a disparar y el mundo avanzó en cámara lenta y vi cómo todas y cada una de mis balas se incrustaba bajo el corazón de mi víctima, donde la costilla izquierda hace curva; los gestos de ese pobre diablo que me había tratado tan bien se hacían de amargura y dolor. La sangre manchaba su camisa blanca mientras él tendría que caer a hinojos al suelo, al tiempo que su esposa y dos hijitas pequeñas, todas atuendadas con vestido blanco, iban a sostener su desplome. Él con su mente les decía que las quería mucho.
Volteé mi mirada a su hijo mayor, un joven de edad que ventajaba los 20, apuesto, tez blanca, camisa blanca y pantalón negro. Mientras caminaba apartando a sus hermanitas de su camino a mi persona, me miraba con odio, repulsión, tristeza y lágrimas. Intenté correr pero a los pocos pasos me alcanzó y su padre caía finalmente con las rodillas golpeando el suelo de concreto de la calle, con su espalda descansando en las delicadas manos de las mujeres. Su rostro apuntando a la brillante noche con muy pocas estrellitas.
Olvidé lo que pasó después, o desperté, o cambié de sueño, no sé.
No había ente alguno que me persiguiera. No supe qué misión me había llevado a matar gente y el por qué había destruido aquella familia.
Me sentía culpable, con miedo y sin balas.
domingo 10 de septiembre de 2006
Dos viejas compañeras
Para cualquier católico normal, hoy habré acabado de tener un contacto con el Demonio por medio de un sueño.
En realidad fueron varias las piezas de sueños vanos o fuera de sentido que tuve; nada que ver juntas, mas revueltas fueron escándalos de los pensamientos que asediaron mi día.
El verdadero cambio drástico de parecer fue hace apenas unos minutos que eran para mí un día con un cielo claro retando a esta madrugada en que escribo, donde la lluvia cubre el cielo y yo aquí, sin luz y con algo de Incertidumbre y Duda sentado en una silla.
Salía de la escuela e iba hacia mi casa, que esta no era, sino la de crió a mi padre de niño y que lo vuelve a albergar nuevamente.
De entre los que me acompañaban, era yo el único sentado (un relámpago junto a un estruendo acaban de caer en tanto que los coros del Introitus Requiem de Mozart ahorran la molestia de describirlo) que daba espalda a la puerta principal. De nada era la plática cuando me doy cuenta que las cabezas de todos giran hacia la puerta y ven a dos figuras que van en la calle.
Se trata de La Muerte vuelta Tentación, y La Lujuria.
La una vestía un short blanco algo entallado y corto, junto a una camisa roja; su sonrisa era maliciosa y de oreja a oreja y veía a los pocos hombres que contorneaban en área y cuyas miradas irremediablemente se desplazaban hacia ellas. Los otros dos seres, que eran una misma persona, conformaban a una rubia natural, con una piel de tez totalmente blanca, cabellos de oro, un cuerpo formidable y una elegancia que hacía que ella, a diferencia de su cómplice la Lujuria, no sonriera mucho ni volteara a ver a nadie, haciendo que la vanidad se encargue de hacer el trabajo sucio como la Lujuria; short igualmente blanco pero más curto y entallado, dejando ver un poco de sus glúteos.
Las voces de mi abuela y mis tías, todas mujeres, habían sucumbido ante el propósito: críticas hacia el cuerpo de cada una y miradas que condenaban. Yo, ignorante de lo que daban importancia, volteé con curiosidad a la dirección de mi espalda y las vi pasar por el frente de la puerta siguiendo la calle sin voltear a ver hacia acá.
Fue entonces que me di cuenta que una era la Muerte vuelta Tentación, pues su figura es inconfundible y me recordaba mucho a aquella mujer que mató a mi madre; y es que por más encantos que pudiera poseer, mi mirada no se interesaba en ella, y mucho menos mis pies, así que me limité a ver cómo se perdían en la curva que otorgaba la calle.
Desperté y pensé en venir a bloggearlo al recordar que mi computadora estaba encendida.
No escondo que sentía algo de miedo, pero es en estas escasas oportunidades en que el cobarde muestra de lo que no está hecho.
Sin encender luz alguna me alumbré con la luz del monitor y comencé el relato.
Llamo a la mujer de la izquierda "Muerte vuelta Tentación" porque es lo que mi mente ofrece y lo segundo que pensé, mas, ni siquiera creo en el Demonio (fue lo primero que pensé al despertar) y tengo algunas razones para pensar que no existe; y, ¿quién soy yo para asegurar que no es así?: sólo un librepensador en una madrugada que redacta un sueño.
Veré si es así invocándolo. Las tres líneas que ven abajo son las que comienzo a decir en tiempo real, al tiempo que las escribo:
"Si existes, ¡ven!"
"Si existes, ¡ven!"
"Si existes, ¡manifiéstate!"
Son las 5:36 de la madrugada cuando escribo estas últimas palabras. Un estruendo se oye en la lejanía de la noche.

